Una ciudad puede ser una piedra
deformada y rústica,
arrojada con la impiedad de quien no
quiere sentir nada.
Que se ha negado a sentir
como si condolerse fuese
el oficio de alguien sin destino,
como si la conmiseración, la amable sonrisa
o acaso un simple gesto de ofrecer un buen día
fuese un trabajo vacío.
Una ciudad indiferente al frío,
que el hambre no logró horadar,
a la que el calor no se aproxima;
que convierte en extraña la empatía
y no tiene eco para la compasión,
suele ser nuestro reflejo de piedra.
Aldo Difilippo
(óleo sobre cartón)

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